Una nueva versión de Caperucita Roja que hay que leer, la que cuenta el lobo…

Estoy convencido que una de las causas más importantes por las que personas que comparten las mismas (sanas) inquietudes, que son honestas, luchadoras, etc… no se entienden y acaban tirándose los trastos a la cabeza es por la manía que tenemos de hacer juicios de valor sumarísimos de lo que hace la otra persona, y que al final terminamos tildando a esa persona de todo menos bonita y tirándonos los trastos a la cabeza con ella. La consecuencia de esto es que perdemos aliados para la causa por la que luchamos, por lo que la victoria se hace mucho más cuesta arriba, y en vez de enriquecernos con las distintas capacidades de cada uno acabamos perjudicándonos y restándonos valor.

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Últimamente observo con tristeza entre mucha gente a la que aprecio como se juzgan entre ellos, se sentencian para muy largo plazo y se dejan de dar oportunidades. Lo observo en muchos sitios y entre personas que luchan por causas muy justas y muy nobles.

A todas esas personas me gustaría contarles que cuando era pequeño me contaron el cuento de Caperucita Roja (imagino que igual que a ti), y cuando ya me había hecho a la idea de que el lobo era malo malísimo, en 1994 escuché otra versión de la misma historia (de Lief Fehar), la contada por el lobo, que viene muy a cuenta con la reflexión que hacía en el primer párrafo acerca de los juicios de valor. Te recomendaría que la leyeras y que antes de “sentenciar” a alguien te acuerdes de esta historia. Espero que la disfrutes:

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El bosque era mi casa. Allí vivía yo y lo cuidaba.

Procuraba tenerlo siempre limpio y arreglado. Un día de sol, mientras estaba recogiendo la basura que habían dejado unos domingueros, oí unos pasos.

De un salto me escondí detrás de un árbol y vi a una chiquilla más bien pequeña que bajaba por el sendero llevando una cestita en la mano.

En seguida sospeché de ella porque vestía de una forma un poco estrafalaria, toda de rojo, con la cabeza cubierta, como si no quisiera ser reconocida.

Naturalmente me paré para ver quién era y le pregunté cómo se llamaba, a dónde iba y cosas por el estilo. Me contó que iba a llevar la comida a su abuelita y me pareció una persona honesta y buena, pero lo cierto es que estaba en mi bosque y resultaba sospechosa con aquella extraña caperuza, así que le advertí, sencillamente, de lo peligroso que era atravesar el bosque sin antes haber pedido permiso y con un atuendo tan raro.

Después la dejé que se fuera por su camino pero yo me apresuré a ir a ver a su abuelita.

Cuando vi a aquella simpática viejecita le expliqué el problema y ella estuvo de acuerdo en que su nieta necesitaba una lección.

Quedamos en que se quedaría fuera de la casa, pero la verdad es que se escondió debajo de la cama: yo me vestí con sus ropas y me metí dentro.

Cuando llegó la niña la invité a entrar en el dormitorio y ella en seguida dijo algo poco agradable sobre mis grandes orejas. Ya con anterioridad me había dicho otra cosa desagradable, pero hice lo que pude para justificar que mis grandes orejas me permitirían oírla mejor. Quise decirle también que me encantaba escucharla y que quería prestar mucha atención a lo que me decía, pero ella hizo en seguida otro comentario sobre mis ojos saltones.
Podéis imaginar que empecé a sentir cierta antipatía por esta niña que aparentemente era muy buena, pero bien poco simpática. Sin embargo, como ya es costumbre en mí poner la otra mejilla, le dije que mis ojos grandes me servirían para verla mejor.

El insulto siguiente sí que de veras me hirió. Es cierto que tengo grandes problemas con mis dientes que son enormes, pero aquella niña hizo un comentario muy duro refiriéndose a ellos y aunque sé que hubiera tenido que controlarme mejor, salté de la cama y le dije furioso que mis dientes me servían ¡para comérmela mejor!

Ahora, seamos sinceros, todo el mundo sabe que ningún lobo se comería a una niña. Pero aquella loca chiquilla empezó a correr por la casa gritando y yo detrás, intentando calmarla hasta que se abrió de improviso la puerta y apareció un guardabosque con un hacha en la mano. Lo peor es que yo me había quitado ya el vestido de la abuela y en seguida vi que estaba metido en un lío, así que me lancé por una ventana que había abierta y corrí lo más veloz que pude.

Me gustaría decir que así fue el final de todo aquel asunto, pero aquella abuelita nunca contó la verdad de la historia. Poco después empezó a circular la voz de que yo era un tipo malo y antipático y todos empezaron a evitarme.

No sé nada de aquella niña con aquella extravagante caperuza roja, pero después de aquel percance ya nunca he vuelto a vivir en paz.

Si has llegado hasta aquí, gracias por leerme :-).