Mi participación en la VI Escuela de Formación de la FEC: “Las líneas rojas de la izquierda transformadora”

El pasado 24 de Octubre no celebré mi santo en Córdoba porque me invitaron a participar en la VI Escuela de Formación de la FEC, y aunque me perdí los peroles de mi tierra la experiencia valió la pena, me tocó intervenir en una mesa cuyo tema era “las líneas rojas de la izquierda transformadora” y disfruté y aprendí mucho escuchando a mis compañer@s de mesa. Os dejo la intervención que hice y una entrevista que me hizo posteriormente Radio Rebelde Republicana.

Cuando hablamos de líneas rojas podemos referirnos a aquellas líneas, actitudes, políticas que no debemos rebasar o a las líneas de actuación políticas ROJAS de la izquierda transformadora. Intentaré hablar de las dos.

Quiero aclarar que mi trayectoria política no viene de la política orgánica de partidos, yo me metí hace tres años en IU porque era la única formación política que aspiraba a conquistar instituciones que defendía los mismos principios que yo, aunque era consciente de que había cosas que no me gustaban, algunas de ellas hoy han cambiado y otras aún no. Esto igual es necesario conocerlo para entender mi visión.

El nombre izquierda transformadora es también muy elocuente, imagino que nos referimos a una izquierda que aspira a transformar la realidad día a día, demostrando minuto a minuto que somos capaces de dar respuestas a las necesidades cotidianas de las personas. Una de las rémoras más grandes que siempre hemos tenido a la hora de lograr confianza y apoyo social es es el mensaje de nuestra falta de experiencia en la gestión de los asuntos ordinarios de la gente normal y corriente.

Hay compañeros (más hombres que mujeres), a los que tengo en gran estima, que llevan treinta o cuarenta años promoviendo cambios sociales profundos, reclamando la superación del capitalismo y abogando por avanzar cuanto antes hacia nuevas forma de organización social pero que nunca en su vida han querido asumir la responsabilidad de dirigir un departamento, una asociación o ni siquiera la presidencia de su comunidad de vecinos. Le dicen a la gente que hay que cambiar el mundo de arriba a abajo pero ellos no han sido capaces de cambiar nada para que las cosas sean de otro modo en la práctica diaria, para que la vida de los demás sea más cómoda, más feliz y liberadora. Por lo general, consideran que ocuparse de ese tipo de tareas, dedicar tiempo y esfuerzo a tratar de mejorar a corto plazo la existencia de la gente, es “reformismo” que en lugar de acabar con el sistema lo refuerza. Y ese supuesto “reformismo”, que no es incompatible con ser revolucionario, es un ingrediente imprescindible de la actividad política y sin él es imposible que un proyecto político consiga suficiente apoyo social, por muy atractivas que puedan ser sus propuestas teóricas. ¿Cómo se va a creer alguien que somos capaces de transformar lo más profundo de la sociedad si no hacemos que cambien sus procesos más elementales? ¿Cómo vamos a poder cambiar el sistema en su conjunto, y cómo vamos a hacerle creer a la gente que lo podemos conseguir, si no mostramos que somos capaces de hacer que cambien las cosas día a día, minuto a minuto? ¿Quién puede creerse que uno puede con lo mucho cuando no puede con lo poco? ¿Y en virtud de qué va a creer la gente que nuestras propuestas mejorarán su vida si no ven con sus propios ojos que lo que proponemos se traduce en la práctica en un modo diferente de ser, de vivir y de relacionarse mejor y más satisfactoriamente con los demás y con la sociedad en su conjunto?

Las izquierdas y movimientos sociales transformadores no podemos presentarnos a la gente solo como portadores de banderas o de narraciones heroicas que no sabemos cuándo podrán hacerse realidad ni cómo. El mundo no se transforma pidiendo a la gente que haga actos de fe. La radicalidad transformadora más auténtica y efectiva es la que pone en marcha reformas en el día a día que la gente puede identificar como el anticipo de un mañana diferente y con cuyo diseño, promoción, defensa y disfrute se organiza y empodera.

Yo que vengo del activismo social, de la lucha en la calle, sé que ahora no será suficiente con elaborar proclamas o convocar manifestaciones para decir que todo está mal y que hay que cambiarlo. Ahora toca cambiarlo desde dentro sin perder la autenticidad, sin dejar de creer en la revolución (quienes creamos) y haciéndola día a día. Esto yo lo considero una línea roja.

Otra línea roja que considero esencial es que a quienes estemos en la institución ésta no nos cambie (en lo esencial), para ello necesitamos una brújula, fuerza de voluntad y un recuerdo permanente de porqué y por quienes nos presentamos a estas elecciones.

¿Cuál es la brújula? Se suele decir que es la calle, estar en ella, pero para mí esto es algo ambiguo, ¿la calle son las manifestaciones? ¿estar en ella es ponerse detrás de de una pancarta? Es mucho más que eso, es estar en los sitios, con la gente para la que decimos que hacemos las políticas, es debatir con ellos, es sufrir con ellos, a veces hasta llorar con ellos reconociendo la impotencia que en bastantes ocasiones tenemos desde las administraciones y explicando porqué, señalando a los verdaderos responsables de que no podamos dar las soluciones. Y cada uno tiene que buscar su brújula concreta, para mí la principal en estos últimos tiempos ha sido StopDesahucios Córdoba, para otros puede ser su sindicato, las marchas por la dignidad, su asociación de vecinos, …

En la Institución se encuentra uno situaciones que uno no espera que pasen antes de entrar y otras que pueden “institucionalizarte”. Estas situaciones pueden cambiarte y meterte en una dinámica peligrosa, te pueden hacer perder el enfoque. Yo intento prevenir esto, primero con el acto de voluntad de recordar cada mañana porqué y por quienes me presenté a estas elecciones, visualizando sus caras y cuando la bilis me supera también hago ese esfuerzo.

Más líneas rojas

  • Decir la verdad SIEMPRE, sin miedo, aunque implique situaciones poco cómodas.
  • Reconocer los errores.
  • El cargo no debe tapar a la persona que está detrás ni se debe subir a la cabeza.
  • Contar con la gente para hacer las cosas: PARTICIPACIÓN, hacerlas con ellas, no solo para ellas. Proyectos muy bonitos fracasan por eso.
  • Más que hablar de estar con la gente, hay que SER gente.
  • Recordar siempre que el partido es un medio y no un fin, estamos para hacer políticas que mejoren sustancialmente la vida de las personas, esto que parece trivial no lo es tanto, a veces pensamos más de la cuenta en el impacto mediático de una política determinada o en el rédito político en vez de su efecto sobre las personas. Cada vez estoy más convencido de que los réditos políticos son más bien consecuencias y efectos colaterales de las políticas sinceras.
  • Trabajar por la unidad popular de manera sincera. La suma de las personas que desde hace tiempo venimos luchando en la calle multiplica.
  • Ser valientes, no tener miedo a la prensa. Nuestras decisiones tienen que estar basadas en la justicia social y no en si vamos a ser mejor o peor tratados desde la prensa.
  • Contar las cosas, no venderlas. Esto no es contradictorio con una buena política de comunicación, ahí también tenemos que diferenciarnos.


PD.- Para la primera parte de la intervención me inspiré en este artículo de Juan Torres.